Luka llegó con la espalda hecha piedra y ojos apagados. Eligió un tramo corto cerca de Kranjska Gora, se detuvo a tocar troncos tibios de sol y escuchó agua bajo hielo. Volvió tres veces esa semana. La cuarta, trajo pan casero para agradecer el silencio que lo sostuvo.
Maja anota olores que encuentra en cada estación: picea punzante en enero, abeto dulce en junio, haya terrosa en octubre. Dice que nombrar aromas afina la presencia. Sus grupos caminan más despacio cuando ella abre el cuaderno, como si la tinta bajara colectivamente el pulso.
Un niño se acostó sobre agujas secas, contó nubes que cruzaban entre copas y se quedó en silencio largo. Al levantarse, dijo que el cielo parecía más profundo cuando se miraba desde el suelo. Su madre susurró gracias al bosque, como si entendiera el regalo completo.
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