Una cuchara con pala ancha evoca neveros; un cuenco con borde irregular sigue la línea de una arista; un banco bajo replica la firmeza de una roca. Nada es literal: son guiños afectuosos que el ojo agradece. Quien compra o aprende comprende que el objeto trae un pedazo de cielo claro, viento frío y sendero bien amado.
Azules suaves recuerdan el Soča en calma; verdes terrosos citan musgos de sombra; blancos rotos sugieren hielo antiguo. Los tintes naturales, obtenidos con paciencia y respeto, evitan estridencias y envejecen con gracia. Así, un paño no grita; conversa. En casa, esos tonos serenan ambientes, invitan a escuchar historias y a prolongar la calma de un valle.
El viaje continúa cuando un objeto sale del taller. Cajas de cartón reciclado, fibras locales y sellos manuales protegen sin ocultar personalidad. Dentro, una tarjeta narra quién cortó la madera, quién hiló la lana y qué canción sonaba. Ese relato acompaña kilómetros, crea vínculo y anima a cuidar la pieza como se cuida una amistad recién nacida.






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